25 septiembre 2007

¡El tiempo es poco, muy poco!

Daubo ha ambulado mucho y de muchas maneras, siendo muy pobre y menos pobre. Desde muy joven se dedicó a la búsqueda de no se sabe qué, cambió de ritmo asiduamente y sufrió las consecuencias de no estar nunca en lugar fijo. Nunca disfrutó plenamente de nada... Ansía compañía, amistad, conversación, entrega. Pretende ahora, quizás tarde, afianzarse a algo o alguien que merezca la pena pero, ¿existe realmente cosa, entidad o persona?.

En cierta ocasión observó como una pareja de ancianos se acariciaban sentados en un banco del parque, el hombre era muy elegante, vestía traje gris, camisa azul claro y una corbata de rayas negras y grises, los zapatos eran negros, y sobre su rodilla derecha había posado su sombrero que hacía juego con el traje. Ella vestía de negro, parecía viuda, llevaba su pelo blanco recogido, muy bien peinado, sus zapatos de tacón mediano y medias de cristal. Sus manos arrugadas, delataban haber pasado casi una vida mojadas. Él pasaba su mano derecha por la cara pálida y fina de la mujer, con un tierno movimiento que terminaba en su barbilla, con su mano izquierda cogía la derecha de ella quién, a su vez, con su mano izquierda hacía lo propio en la mejilla derecha del caballero. La escena era muy tierna y Daubo supo que aquellas dos personas se amaban y vivían aquel momento plenamente, ambos habían encontrado a alguien que merecía la pena.

Otra vez conoció a una mujer que quiso pasar sus últimos días, en un lugar tranquilo, sufría una enfermedad terminal y en la unidad de paliativos habían dado el consentimiento para que fuera atendida en una pequeña residencia, cuyo ambiente era como de familia y, en la que Daubo participaba. El aspecto de aquella mujer, de unos sesenta años, era muy delicado pero se veía que había tenido por costumbre dedicar tiempo a arreglarse y conservaba altivez, compostura y modales. Tenía ojos de enferma y su rostro blanquecino. Hablaba con voz cansada y se movía con cierta dificultad. Pasado cierto tiempo, los impedimentos para andar y conversar eran mayores, no obstante era apasionante sentarse después de la cena en el salón a charlar con ella, que sabía de la escasez de su tiempo y tenía mucha fuerza interior, era culta y hablaba tranquilamente de su propio estado asumiendo su situación con calma y resignación. Al final de su vida, se expresaba con gestos, lo físico había dejado de existir totalmente e imperaba su conciencia, su fuerte espíritu y su grandeza. Con una mirada de paz y calma se despidió y Daubo supo que aquella mujer había vivido serenamente, comprobó que cuando dejó de disponer del cuerpo se afianzó en la mente y se volvió espíritu, recordó las conversaciones del salón cuando ella le decía que el campo, los monumentos, las flores, el agua, la luz, los olores, la belleza, la amistad, los buenos y los malos momentos, la felicidad y cuantas otras muchas sensaciones y emociones, habitan en la memoria y son la fuente de la vida cuando se necesitan. A Daubo le vino a su recuerdo, la importancia que daba la mujer a no perder las oportunidades de la vida, porque renunciar a lo que la vida te ofrece, no hacer caso de lo que merece la pena, es renunciar a uno mismo, a nuestra propia existencia, la cual por mucho que dure, siempre es muy poco.

El fax y el buzón de correo han emitido trabajo... El tiempo se vuelve otoñal... La rama ha tomado forma... Habrá que ir sacando ropa de invierno. Y, empezar a poner en la conciencia el programa de otoño para seguir viviendo, aprovechando lo que la vida nos trae. ¡El tiempo es poco, muy poco!

Baldo
45. RGPI 03/2010/530

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